Al llegar a casa me recibe con el rostro pintado de blanco;
la sonrisa roja dibujada en su cara –una sonrisa que en ocasiones se me antoja
tan forzada como mi existencia- pero sonrisa al fin; debajo de los ojos negras
manchas, las cejas oscuras delineadas en perfecta curvatura, y sobre su cabeza,
ese gorro deforme de color inexistente decorado con una despeinada y vieja
pluma de ave de color bermellón. Es Étienne Decroux, un gran actor y mimo
francés… y mi único compañero en la vida. No es imprudente, es muy discreto y
me escucha sin reproches.
No tiene nada que ver conmigo… aparentemente. Yo soy un tipo
rígido, tímido en lo personal, pero duro en lo profesional, incapaz de tener
una relación estable, sin familia ni perro que me ladre. A pesar de todo vivo
tranquilo conviviendo con el buen Decroux, converso con él, le cuento mis
planes y a veces, solo a veces, salgo a la calle, y como el, personifico mi
propia pantomima dramática. En esas ocasiones, me hago acompañar de alguna
dama, tomamos una copa, bailamos y finjo ser feliz, luego, la noche termina
siempre igual: ella, entregándose con la ilusión de un romance infinito. Yo en
cambio, satisfaciendo mis deseos reprimidos para escapar en la primera
oportunidad prometiendo llamar de nuevo después, aunque no tenga la más mínima
intención de hacerlo jamás. A pesar del placer experimentado, en casa termino
llorando invariablemente ante mi amigo sintiéndome un canalla, lamentando mi
subsistencia vacía.
Al mirar su sonrisa me reconforto, se me acompañado en este
valle de lágrimas, comprendo que muchos sufren como yo pero no lo demuestran,
se embadurnan la faz con betún blanco y se dibujan una gran sonrisa como
armadura para salir a combatir el mundo, pero por dentro están llorando, su
corazón, su corazón está sufriendo. Mi amigo además de mimo es un profeta cuya imagen termina siendo el
reflejo de uno mismo ¡cuánta complicación!
A veces intento
aferrarme a los sueños, regreso a aquellos días de gloria infinita junto a mí
siempre adorada Estela a la que nunca logre decirle cuanto la amaba y por lo
tanto termino en brazos de otro que jamás la querrá como yo, pero no permaneció
mudo y supo hablar a tiempo. Y me hago a la idea de que a pesar de la economía
mundial, y la capa de ozono, del mundo flaco a consecuencia de nuestros excesos
y los gobernantes gordos de tanto exprimir a los contribuyentes crédulos, se
puede llegar a ser aunque sea un poquito feliz. Aunque uno se sepa solo, sin
familia aparente, a pesar de que esos amigos con sus intimas lealtades, y
ninguna otra mujer logre ocupar el lugar de Estela en mi mente o en mi corazón
– habrá alguna por ahí- me digo animosamente en esas ocasiones, pero lo cierto
es que si existe, no vivirá en este país, porque no logro encontrarla.
Al único que encuentro es a mi buen Decroux. No sé si estaré
volviéndome un poco más loco que de costumbre pero admiro su madurez debajo de
la careta tan nívea como falsa y esa manera de hacer real lo irreal tan solo
con el énfasis de sus ademanes y movimientos. Mi corazón acalla a mi razón para
que no me deje pensar, mas, no siempre gana. Hay momentos, pequeños y casi
impredecibles, segundos de lucidez, en que una voz en mi interior me que el
amigo es una falacia pues Decroux murió hace 19 años y por lo tanto no puede
sostener mi vida.
Intento no escucharla, no debo, no puedo hacerlo. El mimo de
ese gran afiche que corona la sala en casa vive porque yo lo mantengo vivo, es
mi mejor amigo aunque él nunca me haya conocido en vida, mi única compañía y si
pudiera, si tan solo dejara de ser tan cobarde, asesinaría a mi razón sin
piedad para que no me torture más con su trágica realidad.
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